Sin nombre (Capítulo 1)

Un cigarro electrónico. Se encontraba en aquella playa semi virgen y lo único que tenía a mano era aquél chisme eléctrico en lugar de la marihuana que cubría buena parte del jardín de su casa. Por otro lado, mejor era eso que nada. A falta de mechero, de papel de fumar y de cualquier mierda que echarse a la boca, utilizar aquel chisme quizá no era tan mala opción. Se recostó sobre un montón de algas y observó el paisaje que tenía delante. Como si de un cuadro se tratara fue saboreando cada parte de aquel paraje. La larga hilera de palmeras que definían el litoral, haciendo de muro fronterizo entre la playa y la selva; la fina arena blanca que cubría como un manto de nieve la orilla; los cientos de cangrejos que salían y entraban por agujeros a una velocidad endemoniada como veloces diablillos; el horizonte naranja anunciando la caída del sol. Y el mar. Aquel mar azul celeste que se fundía con el cielo tornando  complicada la tarea de distinguirlos a ambos. Lo único que rompía la magia de aquel paisaje idílico eran los montones de basura agolpados a lo largo de la playa. Jamás lo hubiera imaginado en una playa virgen. Procedentes probablemente de barcos que se deshacen de sus basuras –cosa prohibida y frecuente– en alta mar, aquellos despojos se habían ido amontonando con el paso de los años en aquellas playas poco o nada frecuentadas por el ser humano dotando de cierto absurdo la situación. Playas vírgenes cubiertas por montones de mierda. La ausencia del causante de aquella basura propiciaba que las playas, al no tener a nadie que las limpiase, se cubrieran de escombros. Aún así la escena era perfecta y un tipo con tantos años vividos a sus espaldas sabía saborear perfectamente todos y cada uno de los buenos momentos que la vida brindaba en pequeñas dosis. Sabía abstraerse de todos los problemas, eliminar durante breves espacios de tiempo cualquier preocupación y degustar, sorbo a sorbo, esos dulces segundos de bienestar. Pequeñas estrellas fugaces cargadas de felicidad.

Una llamada al móvil rompió la magia del momento. Odiaba los teléfonos. Desde que llegó la revolución de los móviles todo se había vuelto más estresante. Las prisas nunca habían sido buenas compañeras y la llegada de las nuevas tecnologías había multiplicado de manera exponencial la necesidad de las personas por estar comunicadas. ¿Dónde habían quedado los largos momentos de soledad, de reflexión? Todo se había desmoronado a una velocidad de vértigo; el hombre como elemento individual ya no importaba. La globalización, el exceso de información y el consumismo atroz habían conseguido que todos formáramos parte de una gigantesca rueda que necesitaba ser alimentada constantemente para poder avanzar. Todos los sentimientos habían quedado relegados a un segundo plano, las redes sociales eran el principal medio de comunicación entre los jóvenes, el paso previo a una cita. Atrás quedaba el riesgo de abordar una conversación con alguien desconocido mirándole a los ojos sin saber qué iba a suceder a cada segundo. Todo esto lo odiaba. Se negaba a permanecer a un sistema que, sin darse cuenta, lo había absorbido hasta la medula haciéndole girar al mismo paso que él.
- Riiiing, riiiing.
El teléfono volvió a sonar dos tonos más despejando sus pensamientos.
- ¿Diga?
Una voz ronca y apagada sonó al otro lado del auricular.
- Están llegando. Los tendrás en veinte minutos ahí. Lárgate ahora que puedes.
Antes de colgar el teléfono dudó un momento si responder, si agradecer a su interlocutor la advertencia. Sin embargo no lo hizo. Prefería callar. Se sentía cansado y quizá el huir durante tanto tiempo no fuera la solución. Quizá la única solución fuera la que estaba a punto de tomar, dejarse coger no era tan mala idea.
Una iguana cruzó a escasos metros de él. Aquel maldito país estaba lleno de ellas. Jamás habría imaginado el acabar sus días en México pero el destino no muestra sus cartas y de todas formas aquél era un lugar tan bueno como cualquier otro. Encendió aquél chisme electrónico. Cinco clics para encenderlo, le había dicho la chica con la que había pasado la noche anterior y cuyo nombre ignoraba —nunca fue aficionado a enamorarse de las putas ni de preguntarles su nombre pero si de buscar su compañía cuando se sentía solo—. Clic, clic, clic, clic clic. Una luz  anunció que el dispositivo estaba listo. Se llevó aquel cacharro a la boca y pulsando el botón que accionaba el atomizador aspiró una honda calada de aquel vapor de agua con sabor a frambuesa que tanto le recodaba al burdel de donde se lo llevó. Valoró nuevamente la opción de largarse de allí pero decidió finalmente que no. Estaba cansado de huir. De noches en vela tumbado con una pistola en la mano, atento a cada ruido. De atracos a bancos, de robos, de asesinatos. Del sucio dinero que todo lo había podrido a su alrededor. De los que otrora eran amigos y ahora lo buscaban para llenarle el cuerpo de plomo. De mujeres astutas que jamás lo habían amado. De traiciones. De mentiras y falsas promesas. De perder la esperanza tantas veces.

Otra luz y el vapor de agua con aromas de nuevo a sus pulmones. El tiempo jugaba en su contra pero seguía decidido a continuar allí.  Empezó a recordar qué le había llevado a descansar en aquella playa desierta con un balazo en el hombro (por fortuna la bala había entrado por el hombro y salido por detrás por lo que la herida no era mortal en principio aunque el riesgo de desangrarse lentamente también le acechaba) y a punto de ser liquidado por sicarios del capo más importante del sur de Italia.


*****


Hacía unos meses descansaba plácidamente bajo las grandes hojas del platanero que daba sombra al jardín de su casa en Cancún. Aunque español de nacimiento había pasado la vida escapando de hogares de acogida y reformatorios. Luego vinieron los robos con más o menos fortuna y finalmente su inclusión en la camorra napolitana que lo catapultaría a lo más alto del crimen organizado. Fueron buenos años. Londres, Berlín, Ámsterdam, París, Nápoles, ninguna ciudad escapaba a sus golpes, el dinero corría a raudales, su vida se empapaba de billetes, putas, drogas, coches de lujo y cualquier cosa que pudiera desear. Una mañana su jefe de Nápoles le llamó personalmente, algo que no había hecho jamás.
- Ciao Salvador, vediamo noi stessi. E 'importante.
La grave voz del anciano helaría al más sanguinario asesino sabiendo de quien era dueño.
- Course. Sto arrivando.
Salvador le respondió consternado. Fue breve y colgó. Algo iba mal. Una llamada del Capo no era jamás una buena llamada. Se vistió rápidamente, calzó sus botines y enfundó una Jericho 941 FS regalo de su jefe, el mismo que ahora le estaba citando para, probablemente, darle matarile. Cogió uno de los teléfonos móviles de prepago que siempre llevaba encima —siempre evitaba ser rastreado por la policía— y marcó el teléfono de su único amigo leal, de la única persona por la que pondría la mano en el fuego.
- ¿Diga?
Una voz grave respondió con firmeza al teléfono.
 - Santiago, hermano. Me ha llamado el jefe en persona. Quiere verme.
Salvador necesitaba el consejo de alguien y aunque ya estaba acostumbrado a bregar con muchos asuntos delicados sabía que su hermano, miembro también de la organización y sangre de su sangre, probablemente era en esos momentos la persona a la que debía escuchar.

- Salvador, ¿dónde andas? Todo el mundo te busca. El jefe se ha enterado de lo de Sicilia. No vayas a por el dinero, te tienes que largar ya y cuanto más lejos mejor. Te he reservado un vuelo a Cancún. En la taquilla 27-A del aeropuerto encontrarás documentación falsa y tu billete. Esto se ha puesto muy negro, estás jodido hermano. Yo  recogeré tu dinero y me encargaré de encontrar al chivato que ha dado el soplo. Nos reuniremos allí dentro de ocho meses. Cuídate por favor. Yo seré quien te llame.

De repente el teléfono se colgó y Salvador descendió a lo más profundo del abismo. A la soledad más completa. Fueron solamente unos segundos. Segundos en los que un largo escalofrío atravesó el cuerpo de aquel hombre recordándole lo que era el miedo a la muerte. Algo ajeno a él durante bastante tiempo.

****


 Lo de Sicilia había sido un golpe rápido, limpio. Aprovechando las fiestas  y el caos imperante en la ciudad habían atracado su propio negocio —un club de putas de los cinco que tenían repartidos en aquella ciudad y que les servía para blanquear el dinero proveniente del narcotráfico— haciéndose pasar por miembros de la mafia calabresa. Nadie sospechó nada. El botín fue tremendo, casi cuatro millones de euros que habían decidido esconder en una cabaña comprada a tocateja a un viejo jubilado en el Bosque de Capodimonte, cerca del famoso palacio. Era su jubilación personal, un dinero que en un futuro se repartirían entre los tres cuando decidieran abandonar aquella vida, cuando estuvieran hartos de huir y luchar. El día siguiente al golpe todo Nápoles y Sicilia se enteraron de aquel golpe que se saldó con tres hombres de la mafia calabresa muertos a manos de los de la camorra. Allí las cosas se solucionaban así. Los ajustes de cuentas eran frecuentes y las muertes tranquilizaban a ambos bandos. A menudo morían miembros jóvenes que no importaban a unos ni a otros y que zanjaban problemas que de otra forma podrían convertirse en guerras de bandas que nadie quería empezar. La mafia no dejaba de ser una sociedad dentro de la propia sociedad, con sus normas y sus luchas internas y, como en cualquier organización, criminal o no, los más desfavorecidos eran los que acababan por pagar el pato.

Desconocía quién era el hijo de puta que podía haberlo delatado aunque era evidente. En el golpe de Sicilia solo participaron su hermano Santiago, su mejor amigo Pinto y él, por lo que la cosa estaba más que clara. Deseaba con todas sus fuerzas tener delante al hijo de puta de Pinto y arrancarle él mismo el corazón con sus propias manos. Aquél trabajo les había asegurado el futuro a los tres y por más que lo intentaba Salvador era incapaz de asimilar cómo su mejor amigo le había clavado ese puñal en la espalda. La traición era algo imperdonable y las lágrimas que momentáneamente surcaron los bordes de su desgastada cara sellaban una promesa hecha desde lo más profundo de su ser. Algún día nos volveremos a ver, hijo de puta —susurró apretando los dientes e intentando contener una rabia que se apoderaba de él por momentos—.

****

La noche pasó rápida en un motel de carretera. Una habitación pagada al dueño por cinco veces su valor aseguraba su total discreción y la ausencia de preguntas. Odiaba las preguntas. Cuando se hizo de día acudió al aeropuerto. Miró hacia los lados comprobando que no había nadie y abrió la taquilla 27-A que le había dicho su hermano. Su sorpresa fue mayúscula al mirar el interior de la taquilla. Un pasaporte con identidad falsa y tres fajos de dinero cuyo color predominante era el morado. Allí debía haber unos doscientos mil euros. Lo suficiente para establecerse en aquél país y vivir a cuerpo de rey muchos meses. Incluso años. Si antes quería a su hermano ahora lo adoraba. Necesitaba darle ese abrazo que jamás le había dado, decirle que le quería, que era su hermano. Su ausencia de padres desde pequeños, la participación en numerosos asaltos, los asesinatos, todo les había unido de manera significativa. Como si de gemelos se tratase cualquier cosa que a uno le sucediera el otro la sentía como suya. Eso les había ayudado a prosperar en la organización, a protegerse las espaldas hasta llegar a lo más alto. A fin de cuentas la camorra también era política y qué mejor manera de ascender que apoyarte en tu hermano para subir más alto.

Pi, piii, piiii. El detector de metales sonó al atravesar la línea de seguridad.
- Por favor, deje todos sus objetos en esta cesta, incluido el cinturón.
El guardia inspeccionaba visualmente a Salvador mientras éste mentalmente recordaba donde había dejado la pistola Jericho que se había enfundado el día anterior. Finalmente recordó que estaba en la maleta que por suerte había pasado la prueba del escáner —el guardia encargado de la pantalla no le había prestado demasiada atención— por lo que se desató el cinturón tranquilamente y sonrió al guardia mientras atravesaba de nuevo el detector, esta vez sin que este sonara.
- Perfecto caballero, puede continuar. Que tenga un buen viaje.

Cogió la maleta y subió al avión nervioso, consciente de que su vida iba a pegar otro giro de tuerca más, el giro de tuerca definitivo que le llevaría a acabar sus días como siempre había soñado, tumbado en la playa y alimentado a base de daiquiris y mezcales servidos por bellas mulatas o con una bala alojada en la cabeza y metido en algún bidón repleto de cal.


(Continuará…)



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El escritor

El sacapuntas trabajaba a una velocidad de vértigo. Una y otra vez la mina del lápiz, afilada como un florete, perfilaba los folios blancos del viejo escritor. Los momentos de inspiración no debían desecharse. No eran eternos, tenían un límite indefinido y en cualquier momento desaparecían para volver sabía dios cuando.  Ideas, cientos de ideas, miles de ideas descendiendo por su mente  como ráfagas de hierro cayendo del cielo procedentes  de morteros disparados por lo más profundo de su cerebro, allí donde nadie llega, donde se produce esa chispa perfecta que precede a la palabra, a la letra, atravesando su cuerpo de arriba abajo hasta llegar a las yemas de los dedos, últimos eslabones artífices de la escritura que transforma en palabras aquello que piensa, acercando al lector a lo más profundo de él, una comunión perfecta, simbiosis perfecta de ideas y letras, como si de sexo se tratara.

Abstraído por el torrente de emociones piensa una y otra vez los principios, perfila como experto cirujano los bordes del camino, los dota de una o más soluciones, engaña al lector, lo persuade para obligarle a ir por donde él quiere llevarlo. Se adentra en su mundo el que abre su libro y se somete a sus reglas. A veces suaves líneas onduladas, a veces cortantes rectas o perversos lazos que anudan la mente una y otra vez como un perfecto lazo a quien devora sus letras. Y se sabe libre, rey de su mundo, emperador de sus símbolos que lleva con perfecta maestría guiando al lector, cogiéndolo de la mano como a un niño, indicándole cuando debe sentir, cuando debe llorar o gritar de odio por dentro. Avanzan las páginas con velocidad de vértigo. Las verdades se van intuyendo, falta poco para el final  y los personajes creados por él se van quitando el disfraz, la máscara que han llevado durante el relato, su relato. Él decide cómo, cuándo y dónde. Él decide el momento en el que deben romperse los cristales, cuándo se disipará el vaho de la trama y el que lo lee podrá darse cuenta del engaño si lo hay, porque a veces no existen engaños y su obra solamente contempla a través de los ojos de sus personajes el tiempo, sus vidas sin más. Sin misterios.

Llega  el final. Llega el momento clave, descubre su antifaz y expone su mensaje, mensaje que quizá ha estado latente durante toda la lectura, agazapado como un animal, esperando el momento exacto en el que lanzarse sobre el lector mordiéndole en la yugular de sus ojos de pleno. Arrancando un sentimiento final, una última lanza que clavar en lo más profundo del pensamiento. Su egoísmo le impide regalar a veces sonrisas, sentimientos de satisfacción. Prefiere dejar claro su mensaje sin tapujos, sin miedo a la represalia de caer en el olvido, de no producir ese efecto laxante de quien cierra un libro satisfecho. Prefiere abrir las manos y desnudarse ante sus lectores aún a sabiendas de que a veces no es hermosura lo que ofrece sino desesperanza, desazón y desaliento. Pero es libre cuando sus ojos perforan el papel, cuando sus letras dibujan su mente y no piensa cambiar eso. No quiere renunciar a aquello.

Por fin las últimas palabras concluyen su historia y justo al alcanzar exhausto el final, en ese momento,  un largo escalofrío recorre su mente abocándole a la nada, al vacío más absoluto. Otra vez su inspiración se ha marchado. Ha volado como pájaros que emigran sabiendo que en algún momento volverán. O no.  El sol vuelve a inundar aquella habitación. Los ruidos, el sonido de los coches, las puertas, el teléfono. Otra vez lo ha conseguido. Esta vez por los pelos.

Cierra su viejo cuaderno y se sienta a fumar un cigarro satisfecho.




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El objetivo de Brueghel el Viejo

El hombre. Me niego a darle tregua al hombre. Un lienzo de 117 x 162 cm será perfecto. Ya tengo el tema elegido; será la muerte. La muerte es universal y a todos nos sobreviene. No se qué sucederá en los próximos años. Quizá en algún futuro incluso logren burlarla. Espero que nadie escuche mis pensamientos o no lograré acabar el cuadro, moriré por hereje. La muerte merecida por todos, la muerte que nos iguala, que solapa nuestras miserias y juzga a todos por el mismo rasero, ricos y pobres.  Un rey, voy a poner un rey en el cuadro. Quiero dejarles claro que ningún poder terrenal está por encima de la muerte, ni siquiera un  rey. Y a la muerte misma recordándole con un reloj de arena que todos tenemos un tiempo, un principio y un fin, y esto es inevitable por mucho que blandamos nuestra espada, por mucho que nos revolvamos en nuestra propia impotencia. Y pondré también campesinos, campesinos al mismo nivel que los reyes, porque no hay diferencia de clases cuando acecha la muerte.

Pienso crear un ambiente tétrico, usaré colores ocres, oscuros, sombríos, lúgubres, opacos. Que no haya luz, que no haya esperanza porque la esperanza no existe en la batalla final y quiero dejarlo bien claro, la muerte siempre les gana, siempre nos gana a todos esa batalla. Pondré esqueletos, cientos de esqueletos y estos serán los que lleven el cuadro a la mente de los que lo observen. Pienso retratarlos como yo los veo, como yo la veo. Siniestros, sin piedad alguna en sus actos, violentos, asesinos, taimados. Los esqueletos serán los que lleven con sus actos la muerte, serán fieles porteadores del final absoluto. Y sembraré el pánico. Quiero ver a  hombres y mujeres agonizando, que sepan lo que les acontece, que abran bien los ojos porque no importa que estemos en el año mil quinientos sesenta y dos o dentro de dos mil años. A todos nos alcanzará.  No importa que el rey español nos gane la batalla o que  las Siete Provincias Unidas seamos independientes. No importa nada. La batalla final, la ganará la muerte.

Pienso formar mi ejército de esqueletos y arrasar todo el cuadro de arriba abajo, de izquierda a derecha. Que en ningún momento la vista del que lo observe encuentre esperanza. Imbatibles los esqueletos, cercando con trampas a humanos que huyen despavoridos sin ninguna salida, cegados de una esperanza inexistente hacia una enorme trampa, un gran ataúd donde les espera lo inevitable. Y no sólo pondré esqueletos humanos, también de animales. Caballos y perros, aquellos fieles amigos del hombre que sin ningún reparo se van a servir de su carne, de la propia carne de sus dueños. Colocaré alguna pareja de enamorados disfrutando con un laúd de sus sueños, ajenos a que también les están acechando a ellos, acompañándolos en siniestro concierto. Los ahorcaré en las cimas de montes, les cazaré con redes mientras agonizan y suplican piedad a los esqueletos impertérritos. Les llegará siniestra fortuna por cielo, por tierra y por mar, hundiré sus barcos, no encontrarán cobijo ni en los huecos de los árboles, ni a los ojos de algún cuervo. Picotas coronadas por ruedas, las mismas que utilizamos para dar sufrimiento. Montañas alumbradas por fuegos, será perfecto. Paisajes dantescos. Engañaré a los que disfrutan de una placentera comida, les atacaré antes de que puedan desenvainar sus espadas mientras observan a mi siniestro ejército cargar sobre ellos, absortos, atónitos, helados, descompuestos. Y tocarán los esqueletos tambores, harán repicar las campanas anunciando su llegada, dejando patente la fugacidad del tiempo. Morirán los humanos a cientos, derribados, desgarrados por largas guadañas empuñadas por magnificas caballerías de osamentas a lomos de muertos caballos. Serán transportados los huesos en carros conducidos por huesos y pondré a una mujer tumbada mirando a la muerte a los ojos mientras ésta, a golpe de campana, le anuncia su momento.

No creo en el optimismo, en el heroísmo del hombre. Son duros momentos. Momentos de peste, de largas batallas y mundos hambrientos. Y así pienso yo, como también pensó  El Bosco, como pensamos cientos.



A Jesús, @janeuropa. Por lo mucho que sabe de cuadros, porque se que los adora.

El triunfo de la muerte. Pieter Brueghel el Viejo. Óleo sobre tabla de 117x162cm. Año 1562.


NOTA:  Este relato es pura ficción. Una invención del autor sobre lo que pensó Pieter Brueghel el Viejo antes de pintar Triunfo de la muerte, una de sus obras más conocidas.


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Sexo, venganza, calor

Calor. El ambiente no se podía definir de mejor manera. Húmedo y pegajoso calor. Ningún julio había sido frío desde que él tenía memoria y este no iba a ser la excepción. Su cuerpo ancho, tosco y de gruesa complexión tampoco ayudaba a que la situación fuera más cómoda.  Una gota de sudor proveniente de su cuello avanzaba lentamente recorriendo su torso desnudo.
–Qué cojones ha sucedido aquí –pensaba mientras intentaba incorporarse apoyando su espalda desnuda en el cabecero de la cama.
Aquella angosta habitación de hotel debía estar a unos treinta grados como mínimo, las persianas bajadas y las cortinas extendidas le daban al ambiente  ciertos tintes de película de cine negro ambientada en el Chicago de los cincuenta. Pero no, estaba en el dos mil trece y aquello no era Chicago, aunque empezaba a dudar hasta del país en el que se encontraba.

La botella de ginebra vacía tumbada sobre la mesita de noche de aquella habitación le indicaba que iba a ser difícil conocer con exactitud las preguntas que planeaban sobre su cabeza; ¿Qué hago desnudo en esta cama? ¿Dónde narices me encuentro?  y sobre todo ¿por qué hay una mujer ­–probablemente una puta, pensó– tirada en el suelo?. Desde el accidente de coche había tenido muchas lagunas mentales, según los médicos era amnesia pasajera. Se debía al fuerte traumatismo sufrido en la cabeza del cual conservaba una amplia cicatriz que le cruzaba la cabeza desde arriba de la oreja hacia la frente, como un gran hachazo en un lateral, imprimiéndole un aspecto feroz, de tipo duro de barrio curtido en mil y una batallas. Sin embargo él la detestaba, era un recuerdo que preferiría olvidar, enterrar para siempre aunque sabía que eso no era posible. Su traicionera e inestable memoria guardaba aquél momento en algún rincón oculto de su hemisferio –nunca lograba recordar en cuál de los dos se alojaban los recuerdos–, incrustado en lo más profundo de su ser, recordándole una y otra vez lo sucedido aquél día. Aquél fatídico día había perdido a su mejor amigo, Melchor y lo que era peor, a la novia de este. A ella la encontraron muerta a diez metros del accidente, el impacto la había hecho salir despedida por la ventanilla del coche y al no estar sujeta por ningún cinturón de seguridad su cuerpo había impactado frontalmente contra la luna y más tarde contra unas rocas situadas a escasos metros. El rostro desfigurado convirtió en un infierno el reconocimiento del cuerpo para sus familiares. Respecto a Melchor, ni siquiera eso. La explosión del depósito de gasolina y el posterior incendio habían desintegrado cualquier esperanza de encontrar el cuerpo según la policía científica. Él se logró salvar por los pelos al no haber perdido la consciencia y deambuló varias horas por el monte hasta entrar en el bar del pueblo más próximo empapado en sangre y sin saber cómo se llamaba.  La profunda herida de su cabeza casi le cuesta la vida pero sobrevivió, teniendo que cargar para siempre con la culpabilidad de haber conducido ese coche en el que murieron sus dos amigos. Al salir del hospital a los varios meses se celebró un juicio en el que quedó totalmente libre de culpas en el accidente ya que no había consumido alcohol –así lo dijo el test– y las condiciones de visibilidad eran bastante nulas debido a la densa niebla.
Restos de cocaína mezclados con la ginebra derramada sobre la mesita formaban una pasta densa y pegajosa que se fijaba a la madera como savia de árbol.  A juzgar por el escenario que contemplaba se debió haber corrido una buena juerga esa noche.
–Maldita memoria –pensó una vez más lamentando no poder recordar lo que podría haber sido la mejor noche de su vida o por lo menos, desde el día del accidente, la única alegría que había tenido.
 Un paquete de Winston en el interior del cajón de la mesita calmó un poco sus ánimos. Clac, clac. Clac, clac. El mechero no funcionaba. El jodido mechero no funcionaba. Nuevamente el nerviosismo esta vez inducido por la ausencia de nicotina vuelve a alterar su estado de ánimo. Al lado del cuerpo derrumbado de la mujer hay un bolso negro abierto con algo plateado asomando al lado de la cremallera por lo que enérgicamente se dispone a incorporarse para agarrar el bolso de la extraña.
–¿Qué diablos? –murmura sorprendido.
La cara de estupefacción es indescriptible. Como en una mala pesadilla en la que estás a punto de ser embestido por alguna alimaña, la realidad le vuelve a jugar una mala pasada. Las piernas no le responden.  La situación se torna angustiosa. Una y otra vez intenta mover sus extremedidades inferiores pero es imposible. De repente, al conjunto de preguntas que una y otra vez bombardean su cabeza se le une una verdad aplastante; no puede moverse. Intenta llamar desde el teléfono pero no hay línea. Observa que el cable se encuentra arrancado. El calor sigue apretando  fuerte y un leve mareo le nubla por un momento la vista.
– ¡Socorro! ¡Socorro!
Silencio. Ni una sola respuesta.
– ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Tú, despierta! ¡Para de dormir!
Sus voces se pierden dentro de la estancia. Voces ahogadas que se pierden en la habitación. Ni siquiera aquella mujer despierta. Una teoría invade su pensamiento apoyada en el cuadro que forma la escena presente: Esa mujer no está durmiendo, está muerta. El pánico recorre impasible su mente haciéndole imaginar lo sucedido. A juzgar por la botella casi vacía y la gran cantidad de droga esparcida por el mueble la fiesta con la puta se le había ido de las manos. Probablemente una sobredosis o alguna caída. Seguramente habría muerto mientras él dormía plácidamente. Billetes enrollados por el suelo señalaban que nadie había intentado robarles. Nadie había entrado allí por lo que todo lo sucedido era responsabilidad de él y de aquella mujer muerta. Quizá nunca había podido andar desde el accidente. Quizá el recuerdo de andar era otra mala pasada de su maltrecho cerebro. Ahora ya no importaba. Se había convertido en un asesino. El cansancio, el calor, su mente nublada y aquél maldito ataque de pánico le dificultan sus movimientos pero haciendo un esfuerzo apoyado en sus toscos brazos se lanza al suelo y como puede, repta desnudo hacia la mujer y aquél maldito bolso. Necesita fumar. Tras unos minutos logra alcanzar el cuerpo de la mujer y el bolso.
–Despierta, despierta por favor.
Sus ojos se inundan en lágrimas al ver que la mujer no responde. El agua salada que brota de sus ojos le obliga a palpar el suelo buscando el maldito bolso negro. Al introducir la mano no es un mechero lo que saca de él. Una pistola negra calibre 9mm es lo primero que encuentra en el bolso de la extraña.
–Las putas suelen llevar estas cosas para defenderse –piensa entre sollozos.
Ahora mismo era el menor de sus problemas aquella pistola. Se empieza a preguntar cómo iba a explicarle esto a su mujer. La quería y aquello le iba a partir el corazón. También se pregunta cómo le va a explicar esto a la policía si no recordaba nada y probablemente no lo recordase jamás debido a sus heridas cerebrales. Cómo iba a vivir con la conciencia de haber matado ya a tres personas contando con su accidente. Cómo iba a vivir en la cárcel si no podía ni moverse, a merced de cualquier psicópata compañero de celda. Su vida no valía una mierda y era consciente de ello. Una vez más introduce la mano en el bolso y esta vez si encuentra un mechero. Sentado en el suelo y apoyado en la cama enciende un arrugado Winston y piensa. Por primera vez desde que ha despertado en ese infierno piensa con claridad. Es un asesino y lo sabe. La imagen de su mujer pasa una y otra vez por delante de él atormentándole. El bajón de la cocaína ayuda a que sus pensamientos se tornen oscuros, desesperados. Una calada honda y vuelta a lo mismo. Es un asesino y le va a partir el corazón a su familia. Para colmo, es un inválido. De repente aquella pistola es la única vía de escape. Es la única salida a una situación como la suya, terrible, desesperada. Agarra el arma con fuerza y la amartilla. Introduce el cañón en su boca, el frío metálico del arma en contacto con sus labios estremece su cuerpo y hace que nuevamente vuelvan a brotar lágrimas de sus ojos. Un recuerdo de su mujer mandándole un beso desde la ventanilla del coche le hace sonreír tímidamente.

Un fuerte disparo retumba en la habitación. Luego, silencio. Manchas de sangre por todas partes tiñen de rojo  la escena. Restos de sesos pegados en las paredes son mudo testigo de lo que acaba de suceder. Aquél hombre desnudo se ha quitado la vida. Al cabo de una hora, el pomo de la habitación se abre.


*****

Con la boca seca como la sal, Susana despierta. Le duele horrores la cabeza. Con los ojos aún cerrados recuerda lo sucedido la noche anterior con aquél hombre. Demasiado alcohol. Demasiadas drogas. Aquél tipo que había conocido días atrás le había dado una gran cantidad de dinero por pasar la noche con ese hombre. Para una mujer como ella acostumbrada a venderse por mucho menos, el trabajo era fácil. Sólo debía acostarse con ese hombre, emborracharse y drogarle hasta que perdiera la consciencia. Luego, cuando aquél desconocido estuviera dormido debía inyectarle a la altura de la columna una inyección con una aguje enorme. Ella no hizo preguntas, cogió el dinero y aceptó el trato. Lo más complicado fue la inyección pero su pasado como anestesista en Puerto Rico le había dado las tablas suficientes para hacerlo correctamente. No le importaba el motivo de todo aquello, se movía por dinero y jamás hacía preguntas. Las respuestas equivalían a problemas y ella no necesitaba más, suficiente problema era mantener a dos hijos por culpa de aquél hijo de puta que la había abandonado tres años atrás. Se tenía que haber marchado nada más poner la inyección pero su maldita adicción a las drogas le había jugado una mala pasada haciéndole caer desmayada sin sentido durante varias horas.
–Ni una puta raya más, lo juro –murmuraba mientras abría los ojos lentamente.
El espectáculo era dantesco. Un hombre yacía a su lado con la boca destrozada y la cabeza abierta por la nuca como un melón. Había restos de sesos por todas  y tenía la cara y parte de las ropas manchadas de sangre al igual de las paredes, teñidas del espeso líquido rojo. Hacía un calor insoportable.
La joven está horrorizada. El miedo atenaza sus músculos pero la sabiduría heredada de la vida en la calle le indica que debe largarse de allí cuanto antes. Se dirige al lavabo para lavarse la cara, recoge su bolso, su pistola y sale de aquella habitación corriendo, cerrando nerviosa de un portazo la puerta.


****

Melchor Rigales escucha un disparo en la habitación de al lado. Todo había llegado a su fin. Años de dolor, de sufrimiento llegaban a su fin. Su vida se había convertido en un infierno desde aquél accidente. La explosión le había quemado la cara convirtiéndolo en un monstruo, pero había sobrevivido. La noche del accidente su amigo insistió en conducir. Podían haberse ido en taxi pero no quiso. Apenas habían bebido pero habían tomado cocaína para dormir a un caballo y los tres sabían que no debían coger aquél maldito coche. Sin embargo su novia lo tranquilizó.
–Tranquilo cariño, sólo son quince minutos hasta casa, no nos va a pasar nada.
–Haz caso a tu novia que tiene más huevos que tú –bromeaba su amigo en tono burlón mientras agarraba el volante y aceleraba con fuerza haciendo subir las revoluciones.
El resto fue rápido. Música alta, el coche saliéndose en una curva y un fuerte impacto que le hizo perder momentáneamente la consciencia. Cuando despertó estaba ensangrentado y con la camisa ardiendo. De la cara se desprendían jirones de piel. Salió quemándose la mano de aquél coche en llamas librándose por los pelos de una muerte segura. Su compañero ya no estaba allí. A escasos metros se encontraba la mujer de su vida ensangrentada, desfigurada como él. Maldito coche. Maldita noche y maldito su amigo. Aquella noche juró que se vengaría del hombre que le había arrebatado la vida a la mujer que más amaba, al hombre que había destrozado su vida también. Como pudo acudió a un poblado donde unos franceses que se dedicaban a la chatarra le estuvieron curando durante días.
–No policía, no policía –susurraba a los franceses desde la cama, moribundo.
Si lo hubiesen encontrado con vida le habría costado mucho más elaborar su plan y las ganas de encontrarse con sus seres queridos habían desaparecido al mirarse al espejo. Sólo buscaba venganza y el anonimato era su mejor aliado en esos monentos.
­–No pogblema, no pogicía –le decían los franceses mirándole a los ojos y leyéndole el alma a través del único atisbo de vida que encontraban en él.
Meses mendigando dan mucho tiempo libre. Nadie se acerca a un mendigo y mucho menos a un indigente con media cara quemada. Había tenido que aguantar comentarios, miradas, bromas de niñatos borrachos a altas horas de la madrugada pero no le importaba. Tan sólo pensaba en la forma de hacerlo, en su plan.
Cuando conoció a aquella puta que le contó su vida una noche en un bar comprendió que había llegado el momento. La puta había trabajado como anestesista y eso era un valor añadido que no podía dejar escapar. Le ofreció todos los ahorros que tenía a cambio de emborracharlo, de drogarlo y luego inyectarle aquella sustancia paralizante que dormiría por unas horas las piernas del hombre. Conocedor de los daños cerebrales del hombre confiaba en que enloqueciera y finalmente se quitara la vida. Pensaba que se tiraría por la ventana del mugriento hotel pero la pistola de la puta aceleró el plan. Si aquél asesino no tenía huevos a hacerlo estaba decidido a entrar él en la habitación y finalizar la tarea pero por suerte todo salió según lo pensado.

Melchor esperó una hora después del disparo. Sabía que la planta del hotel estaba vacía y no iba a acudir nadie. Oyó un sonoro portazo y supo que había llegado el momento.  Abrió la habitación y vio el cuerpo inerte del hombre apoyado en la cama. La puta no estaba y un gran charco de sangre empapaba la moqueta al lado del cadáver. Sangre por todas partes. Hasta para una mente atormentada como la suya aquella imagen resultaba terrible. Se sentó al lado del hombre sin vida y observó sus manos, las mismas manos que condujeron aquél vehículo esa noche. Las mismas manos que otrora tiempos atrás habían abrazado con cariño su cuerpo. El asesino de su novia yacía inerte a su lado, desnudo, con los ojos abiertos desencajados por el pánico y la boca destrozada por el disparo a bocajarro. 
Agarró la mano del hombre y la apretó con fuerza. Con la otra cogió la botella de ginebra volcada en la mesita y bebió el último trago que quedaba. Luego sonrió. Todo había acabado. Hacía un calor insoportable en aquella habitación.




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Papel y lápiz



Cuando no existen más alternativas, más opciones, uno se aferra a lo único que posee como a un clavo ardiendo. En su caso se trataba de la imaginación guiada por lo único que lo acompañaba en aquella celda. Un papel y un lápiz.
No se le permitían hacer llamadas. No se le permitía salir al minúsculo patio más de media hora al día. La humedad convertía la vida diaria de esa prisión tailandesa en un auténtico infierno.

Ya habían pasado tres años. Tres años en los que apenas había recibido visitas. Al principio de conocerse la noticia de su encarcelación le visitó el embajador destinado en aquella  ciudad, al poco tiempo  un periodista de un importante periódico. Luego llegó el juicio y las pruebas que demostraban sin lugar a dudas su culpabilidad.  Después, nada.

 Veintitrés horas y media al día encerrado en aquella celda.  No tenía familia ni una mujer que le esperase a las puertas de la prisión todos los días por lo que la mera idea de esperar una visita se tornaba tan lejana e imposible como su propia libertad.
Había aprendido a manejar a su propio antojo su memoria, a mezclarla con su imaginación y evadirse de aquellos muros en cortos pero intensos periodos de tiempo. Y cuando lo hacía, cuando se apoyaba en la sucia pared de la celda y cerraba los ojos volaba lejos de allí, atravesaba aquellas rejas como si fueran papel mojado y se posaba suavemente encima de antiguos recuerdos disfrutando, saboreando con una inmensa felicidad cada uno de aquellos momentos. Olía la hierba cortada, observaba absorto los cuadros de aquel conocido museo que tanto le gustaba, acariciaba el suave cabello de alguna mujer o se sentaba simplemente en el suelo delante de un árbol admirándolo, un árbol cualquiera inundado de frondosas hojas color verde esperanza. Luego, el ruido del carcelero le despertaba devolviéndole a aquel siniestro lugar.


Un caluroso día después del paseo diario encontró en su celda un cuaderno y un lápiz.  No había explicación alguna a aquello. Los funcionarios de la cárcel tenían prohibido hablar con los presos a costa de su propio trabajo por lo que desechaba la idea de indagar sobre el origen de aquél regalo tan preciado en su situación como mil quilos de oro fuera de aquellos muros.
 El cuaderno de hojas en blanco no debía contener más de cincuenta páginas por lo que se esmeraba en intentar hacer la letra lo más pequeña posible evitando quedarse así sin un papel que, con toda seguridad, sería imposible reponer.
Era un auténtico lujo escribir, un auténtico placer por lo que ni una sola palabra estaba escrita al azar. No quería desperdiciar ni un solo espacio en blanco de aquél cuaderno que, a modo de reloj de arena, iba marcando con sus palabras el paso del tiempo en tan siniestro lugar.

Escribió sobre sus sueños, escribió sobre todos aquellos lugares a los que había viajado a través de sus recuerdos y, como si de un álbum fotográfico se tratase, lo leyó y releyó cada una de sus noches. Aquellos objetos significaban su tesoro más preciado. Su libertad.


Ton-khao, funcionario de prisiones de la cárcel tailandesa de Bang Kwang acudió a limpiar la celda del español condenado por tráfico de drogas y ejecutado esa misma mañana. Escondió en sus pantalones el cuaderno que le había dejado años atrás en la celda arriesgando su puesto de trabajo e incluso su libertad.

Cuando llegó a su casa esa noche besó a su mujer, acostó a sus hijos y lo leyó. Todo eran letras pequeñas, minúsculas, menos la última que se suspendía en un gran espacio en blanco. Una palabra que le hizo llorar y finalmente esbozar una sonrisa. Gracias.






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Redención

El salitre puede con todo. La cara de aquél pescador no era una excepción. El rostro moreno del hombre curtido como el cuero por el paso de los años dejaba profundos surcos en su cara como tierra labrada, profundos acantilados dérmicos que mostraban, como el tronco talado del árbol que muestra sus años, pasados de duro trabajo, veranos de largas noches tediosas, inviernos fríos y duros, helados.
Antonio Sánchez  Ordaz. Sesenta y nueve años. Natural de la provincia de Huelva. Su padre, pescador. Su abuelo, pescador. Y más allá de este, Antonio no se acuerda o jamás se lo han contado.

Desde hace dos años el viejo marinero está en tierra firme, en dique seco. Atrás han quedado largas temporadas en el Esmeralda –aunque el barco no era suyo,  lo sentía como tal y su nombre le recordaba a los ojos de su ausente mujer, verdes a rabiar–, el pesquero con el que salió a faenar tantos años. Al pisar tierra firme  lo primero que hacía era beberse un buen ron en una taberna del puerto, siempre la misma.

El local había pasado de padres a hijos y se encontraba regentado ahora mismo por la tercera generación. El mes pasado acudió a recordar viejos tiempos a golpe de copa de ron. Lo que se encontró no era esa taberna donde había pasado tantas y tan buenas horas. Estaba reformado, con un aire completamente distinto. La música no era esa suave melodía de fondo que invitaba a olvidar cualquier problema, el decorado no era madera como antes, los cuadros modernos, la música electrónica apenas dejaba percibir cualquier conversación. Ni siquiera la gente era la misma. El sitio se encontraba inundado de jóvenes sentados en grandes sofás que no paraban de hablar mientras miraban de reojo al viejo marinero. Míralo, a su edad y borracho –decía sin reparo un joven de no más de veinte años a su zagala que observaba al marinero con los ojos abiertos–.  Antonio sonríe al escucharlo. Se sabe más listo que el joven aunque también más viejo. Si tuviera su edad no habría repetido eso, piensa mientras empuja la copa a los labios. Las miradas y las risas persisten. El joven dueño del local mira avergonzado la escena, conoce a Antonio desde siempre y sabe que él y su abuelo fueron inseparables desde pequeños. Sin embargo, no hace nada. No evita las burlas. La crisis aprieta y no se puede permitir perder clientes.

–Abuelo, váyase a casa y déjenos el alcohol a nosotros –grita otro joven desde el final del local, envalentonado, sintiéndose observado por las miradas de asombro de las jovencitas que observan la escena impávidas.

Finalmente Antonio se levanta. Apura el último trago de pie y deja un billete arrugado encima de la moderna barra, luego se dirige al grupo de jóvenes y se apoya en su mesa, mirando al que antes le había hablado a los ojos.

–Tus risas mar adentro con fuerza ocho, serían llantos.

El viejo da media vuelta y abandona el local ante las risas de los jóvenes que no alcanzan a comprender  a qué ha venido eso.

Antonio recorre varias aceras observando alrededor. El ruido de los coches le molesta. Los gritos de putas de calles cercanas reclamando servicios, los lloros de los niños, el claxon de un autobús advirtiendo de su presencia a un peatón despistado. Todos con prisas. Como ganado.

 Cincuenta y cinco años en la mar son muchos años. Demasiados temporales capeados. Demasiadas jarcias rotas en medio de infiernos teñidos de negro, azul y blanco. Cientos de noches con el ancla de fortuna capeando borrascas a base de echar al agua anclas de capa, miedos y los mismísimos hígados. Y cuando por fin viene la bonanza, cuando se han acabado esas miserias, ya en tierra sin madrugones, sin semanas de ausencia en la casa, Antonio se siente amarrado.

Recorre la avenida central paseando pensativo hasta llegar al puerto. A su puerto.  Los pequeños ojos incisivos puestos en el azul majestuoso del mar, en aquello que le ha robado la vida y de quien ahora depende por completo. Otro cigarro de tabaco negro a la boca y un momento de descanso. Sigue mirando al mar, pensativo. Diez metros a la derecha otro viejo compañero reposa tranquilo sobre un noray enorme de hierro, una caña entre las piernas y una vieja nevera. No trabajó con Antonio pero se cruzaron cientos de veces en la lonja del puerto. Debían ser de la misma quinta, aunque la memoria del pescador no le ofrecía esa imagen del anciano sentado en el noray,  Antonio lo recordaba como un hombre recio, fuerte, algo mujeriego  y jugador,  pero quién no lo era cuando contaban veinticinco años. No se saludan. Sus miradas se cruzan por un momento. Se saben los dos viejos. Ojalá yo me atreviese, parece decir la mirada del compañero que recoge su caña tras mirar a Antonio y se aleja pensativo, mirando a un horizonte donde no se pone el sol.  Se avecina tormenta.

La calma chicha de hace unos minutos ha dejado paso a un aire enrarecido. El aire previo a la tempestad el viejo marinero lo conoce de sobra. Se resguarda sobre un tejado próximo a unos almacenes del muelle. Las primeras gotas. Antonio se abrocha la parca hasta el cuello y sigue mirando la mar. Como la tormenta se va formando, adquiriendo todos los tonos de grises posibles. El viento empieza a empujar los mástiles de los barcos atracados al muelle balanceándolos suavemente. Como si de un vals se tratase, todos los elementos que flotan sobre el agua se mueven armónicamente. Las gotas de agua han dejado paso a un aguacero. Un joven guardia marina advierte al viejo pescador de lo que se avecina.

– No se quede ahí. Esta noche no va a dar tregua. Váyase a casa con la familia, hoy no es noche de mar. Fuerza ocho o nueve, demasiado para un viejo como usted ­–le dice el muchacho a modo de broma mientras se aleja con paso rápido hacia la ciudad.

–Eso ya lo veremos –sentencia Antonio.

El fuerte viento deja paso a un potente vendaval.  El agua ya no cae vertical sino barriendo a modo de cortina todo lo que encuentra a su paso. Los rociones de espuma se distinguen mar adentro, los cascos de los veleros producen sonoros crujidos al apretarse contra las boyas que se agitan desesperadas al no poder desprenderse del cabo que las tiene apresadas. Un trueno. Más truenos y el mar levantando majestuoso sus garras en formas de olas que según los cálculos del viejo pescador, allí adentro deben ser mínimo de cuatro metros.

Antonio traga saliva. Mira hacia atrás.  Observa la ciudad, las débiles luces de las farolas que dejan ver como miles de gotas de agua barren el suelo, los altos edificios de piedra, las luces de los coches y los locos limpiaparabrisas que se niegan a que el agua empañe el cristal de su dueño. Luego mira  al frente. Es sólo un segundo, un momento. Aprieta los puños y camina decidido hacia el muelle, donde bailan frenéticos los veleros. Se dirige al viejo Velero de su hermano, también marinero. Sabe dónde esconde la llave que arranca el pequeño motor que necesita para salir de puerto. Casi cae al agua pero consigue subir al velero.  Quita los cabos del noray, tira con la rapidez de un guepardo todas las defensas adentro y se dirige al timón, arranca motores y sale del puerto. Logra vislumbrar en tierra a unos hombres que agitan las luces de una linterna y hacen gestos con los brazos. Antonio sonríe.

Al salir a mar abierto choca de lleno con la fuerza del mar bailando sobre un temporal de fuerza ocho. Perfecto, piensa para sí mismo. Recorre de popa a proa el barco y comete la osadía de izar el foque y luego la mayor. Es consciente que no durarán mucho tiempo. El viejo velero como un barco de papel va avanzando dando pantocazos mar adentro. Ya casi no se vislumbra  tierra. Antonio saca una vieja navaja y en la madera de la botavara deja su nombre y su fecha de nacimiento. Luego se ata un cabo a la cintura y de ahí al timón.

El velero avanza valiente mar adentro. Atrás queda la ciudad, los ruidos y sombras de lo que otrora fuera una vida, sus cadenas.  Enfrente, la cita del viejo marinero con el mar. Sin trampas. Con total libertad.

El viejo marinero se pierde entre rociones de espuma, los pulmones henchidos de salitre, los pequeños ojos medio cerrados y una sonrisa mojada en lágrimas, consciente de que no volverá.







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Aquellos domingos de Plaza Redonda




A menudo, cuando recorro el centro de Valencia, regresan a mi memoria a modo de pequeños recuerdos alojados en algún lugar de uno de mis dos hemisferios –desconozco cuál de ellos– el ritual que solía repetir con mi padre numerosos domingos. Cada semana, antes de acudir a la calle Colón a comer a casa de mis abuelos, me llevaba a dar un paseo por la plaza redonda.  La plaza redonda de Valencia representaba para cualquier niño –escribo en pasado porque dista mucho de lo que ahora representa– un lugar donde satisfacer la curiosidad innata que cualquier renacuajo de ocho años lleva dentro. 


La Plaza Redonda de Valencia –antigua plaza Nueva o Del Cid– fue construida por Salvador Escrig en 1840 y destinada al pequeño comercio. La situación de la plaza, enclavada en el casco histórico, es bastante singular. Al contrario de muchas plazas conectadas por grandes avenidas, esta se encuentra conectada por numerosas calles, todas angostas, lo que le confiere un carácter anárquico al que pasea por ella. Para todos los valencianos, acudir los domingos a la Plaza Redonda significaba dar un paseo por la historia, por la cultura del mercadeo callejero. Indagar en sus numerosos puestos que dentro y alrededor de ella se levantaban donde el paseante podía observar, curioso, como se vendían infinidad de objetos que iban desde discos y juguetes hasta aves exóticas, animales vendidos en las esquinas de las calles o el famoso intercambio de cromos, donde los padres más avispados se erigían como pavos reales en grandes héroes para sus hijos, ávidos del cromo más solicitado, ya fuera de futbolistas, de Garfield o del dibujo animado de turno.  Imagínense la satisfacción de los padres. Y de los hijos.


Y en medio de toda aquella multitud  me encontraba yo numerosos domingos de la mano de mi padre,  devorando puesto a puesto, absorbiendo como una esponja todo lo que allí veía,  numerosos objetos, animales, artículos inservibles que eran grandes tesoros para la imaginación de cualquier pequeño. Y era esa mezcla de culturas, de gentes, esos infinitos puestos donde se vendía legal o ilegalmente cualquier objeto que pasara por la imaginación de un niño o la necesidad de un adulto, lo que le confería a aquel espacio un carácter mágico, entrañable. Pero como todo en esta vida, aquél espacio reducido, convertido en la cueva de los tesoros de Alí Babá para todo aquél que lo recorriese, llegó a su final.  Por suerte esto me pilló ya de adulto y ninguna ley puede sesgar mi memoria. 


Llegaron las leyes europeas, esas de las que tanto se enorgullecen nuestros líderes y que tanto sufrimos el resto. Y como es lógico, la primera acción ya desmembró una de las columnas vertebrales de la actividad de la plaza; fuera animales. Todos los animales en tiendas, nada de venta ambulante y pagando religiosamente sus impuestos  –para eso no fallan las leyes, europeas o españolas–. Y claro, todos los vendedores, cambiadores, comerciantes de pájaros que inundaban sus calles, fueras. Zas. De un hachazo, todos desaparecidos. Ya no tienes pajaritos ni perritos que mirar, chaval. Te vas a las tiendas a que te hagan factura. O te bajas las fotos de internet. 


Como si no hubiera habido bastante con esto, en 2012, a nuestros mandatarios de turno, les nace la imperiosa necesidad de hacerse la foto en la plaza, de erigirse como salvadores del casco histórico dejando el lugar bien limpio, todo pulcro y cuidado, no vaya a ser que los turistas se nos quejen y cuando viajemos a Europa en busca de generosos apoyos a nuestros grandes e inservibles  proyectos nos digan que nuestro casco histórico huele a mierda blandita española. Y por el artículo trece de sus soberbios cojones, no se les ocurre otra idea mejor que limpiar la plaza y aledaños de vendedores y puestos ambulantes, de  comerciantes de rarezas y del bullicio que otrora inundó las calles y la plaza. 


Y efectivamente, la plaza les ha quedado perfecta. De cine. Ni un puesto alrededor de la plaza, los ladrillos bien relucientes y los únicos pájaros que se ven –a excepción de la pajarería que sobrevive en uno de los edificios– son las palomas y estorninos que sobrevuelan la ciudad. De puestos ambulantes, como mucho algún sudafricano exponiendo su top manta con un ojo puesto en los discos y el otro en las esquinas por si tiene que dar el agua. Los guiris encantados con tanta seguridad y las calles tan limpias. La vida, ordenada, debidamente contabilizada, todo en su sitio. Los gobernantes henchidos de orgullo por sus reformas. Pero pregunten a algún valenciano qué es lo que prefiere, pregunten a aquellos que la visitaban todos los domingos y cuando lo hagan mírenles a los ojos. Los verán rebosantes de nostalgia.


A veces el desarrollo no es el mejor acompañante.  La magia de algunos lugares a veces reside en su propio desorden, en la anarquía de sus lugares, en la mezcla de clases y gentes. Y ningún plan de ordenamiento urbanístico puede conservar esta magia. Hay  lugares que deberían quedar intactos, ajenos a leyes ni intereses políticos. 


Si tienen ocasión visiten la plaza. Es preciosa. Pero cuidado si van acompañados de pequeños, porque el tedio de sus hijos les obligará a volver pronto a casa.

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