Bandejas sobre el brazo


Muchas veces tenemos la idea equivocada de relacionar un buen restaurante con la calidad de la comida que allí sirven.  Esto no es del todo cierto. No sólo determina la calidad de los restaurantes, bares, cantinas, tabernas o cafeterías si el café es bueno o no, si el pollo al horno te lo sirven con la piel crujiente o con verduritas glaseadas con forma de  corazón al aroma de puturrú de fuá o si el animalito alado en cuestión ha sido alimentado de pienso o en corral de campo.
Además de la calidad de la comida,  la decoración del restaurante o el paisaje que rodea al mismo, hay algo que convierte  la vianda en cuestión en algo digno de repetir o en una auténtica tortura y esto es el servicio, es decir, los camareros.

Hay que distinguir dos tipos de camareros, los que llevan toda la vida sujetando una bandeja sobre el brazo y los ocasionales, los subcontratados estivales cuyo único objetivo es pasar lo más rápido posible el suplicio de trabajar en verano  pasando calor insoportable por cuatro míseros euros a fin de mes.

Los primeros suelen ser gente ordenada, trabajadora y con un punto de psicología que hace que siempre tengan un ojo en sus labores y otro en el cliente,  sabiendo en todo momento si éste necesita algo o no hay que molestarle.  Si a la mesa tres hay que ir a cobrarle o invitar a los de la dos a un par de chupitos. Si entablar conversación con la pareja que hay al fondo de la barra o adivinar sólo por la cara del que está sentado en la terraza que hay que sacarle la cuenta y despedirle con una sonrisa.  Ni que decir tiene de la capacidad de equilibrio que poseen.  Verlos llevar siete copas en una mano y cuatro platos – vacios o llenos–  sobre el otro antebrazo es digno del mejor espectáculo circense. En este grupo suelen estar incluidos –siempre hay excepciones–  los uniformados de camisa blanca, pantalón negro y bandeja redonda metálica. Suelen ser gente más adulta, trabajadores del  Bar Manolo o La Taberna del Marinero que hacen que cualquier tapeo rápido en estos locales se convierta en un placer. Incluso tienen la santa paciencia de saber llevar a algunos clientes que se comportan como unos auténticos gilipollas –de éstos también hay  variados tipos, otro día hablaré de ellos- lo cual, en ocasiones, bien se merecería una buena paga extra.
En definitiva,  pueden convertir una comida mediocre en el mejor momento del día.
Un servidor incluso ha repetido en algunos locales a sabiendas de que el cocinero de la tasca en cuestión, se merecía la horca. Solo por la convicción de que iba a estar a gusto.
A este grupo, por suerte  en este país, pertenecen la mayoría de ellos. Tenemos un nivel altísimo de camareros, por mucho que nuestros colegas ingleses se empeñen en desprestigiarlos diciendo estupideces  e invenciones dignas del mejor Julio Verne.  Aunque en muchas ocasiones el único camarero que ven esos ingleses sea el del local de Sitges a las 6 de la mañana,  cuando el colega no puede ni hablar de la cogorza que lleva  y el camarero – con extrema paciencia – le indica que se vaya a casa ya que no se le va a servir más por su propia salud.

Luego está el otro tipo. El de los currelas temporales que, como es lógico, necesario y cada vez más frecuente en este país, intentan sacarse un dinero extra para poder pagarse el coche, el piso, los estudios o el collar de piedras de la parienta. Por desgracia es gente muy poco preparada a la que los dueños de los locales ponen en primera línea de batalla frente al público con el aliciente de tener un sueldo de mierda. Imagínense la estampa.  Sin tener ni puta idea de llevar dos cafés a la vez y encima encabronados. Y claro, cuando uno se topa con semejante ejemplar, el bonito domingo de comida familiar, la cena romántica con la pareja o el almuerzo del lunes por la mañana se puede convertir en un día terrible con consecuencias insospechadas.  En algunas ocasiones el mosqueo viene por la tardanza a la hora de servir los platos, traer la bebida o tomar nota de los postres.  Otras veces  por la cara del currela al decirle que se ha equivocado de plato o que el vino está picado. Por último y en lo más bajo de esta pirámide están los que el oficio de camarero les importa un pijo, les da igual currar en un lado que en otro y a la mínima que les pides algo – un poco de pan, otra botella de vino o un vaso de cerveza frío –  no se conforman con mirarte de forma inquisidora sino que además te responden con alguna impertinencia. Esto casi siempre suele acabar con un váyase usted a la mierdadel cliente y una pérdida de dinero y reputación para el local.

En la antigüedad, el camarero era un criado de mucha distinción en casa de los grandes señores que mandaba en todo lo perteneciente a su cámara.
 En la Casa Real de Castilla el camarero mayor era el jefe de cámara del rey y se encargaba de proporcionarle todas las atenciones posibles.  Eran, en definitiva, los encargados de hacerle sentir a uno como un rey.  Hoy en día esto lo consigue la gran mayoría. Otros en cambio, no.

Siempre que disfruto con una comida procuro, como reconocimiento y agradecimiento a su labor, dejar una propina.  Y si hay algo que no me ha gustado, dejarlo para el final. 
No hay que olvidar que son ellos los que recogen, llevan y sirven la comida. Y con ella nuestro deseo  de volver a verlos u olvidarlos para siempre.


El número ideal de comensales es dos…yo y un buen camarero”. (Noel Clarasó i Serrat).

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Héroes del mar

Tengo la sensación de perseguir siempre, inconscientemente, al mar. Cuando echo la mirada atrás me doy cuenta que en la mayoría de mis viajes necesito en algún momento el contacto con el agua salada.  Probablemente el vivir en una ciudad costera siempre ayuda mucho a que uno se enamore del mar aunque no es requisito indispensable ni mucho menos.  Grandes marinos y navegantes han nacido tierra adentro, como Vasco Núñez de Balboa, nacido en tierras extremeñas y descubridor del océano pacífico. Ni más ni menos.

Ese interés me lleva a escaparme siempre que puedo a estirar las piernas y dejarlas en remojo en mi cercano y cálido Mediterráneo, hacer alguna jornada de pesca  –que no es que se pesque mucho-  o sacarme el título de patrón de barco como hice hace unos meses.

La cuestión, como decía, es que en casi todos los viajes que suelo hacer –o me puedo permitir- me gusta perderme por pueblos costeros alejados de turismo de masas con el único atractivo de un pequeño puerto o una pequeña tasca donde saborear una cerveza bien fría oliendo a salitre y a mar.

Y en estos pueblos costeros, en puertos y tabernas de todo el mundo, siempre están ellos. Los marineros.

No me refiero a los tripulantes de lujosos yates ni barcas de recreo que se divierten en la costa con lanchas rápidas y sus correspondientes esquíes o churros atados, que disfrutan del mar los días soleados y en invierno poco o nada asoman la nariz por la costa  –que por otra parte, en dicho gremio también se pueden encontrar grandes amantes del mar, como un servidor-. 

Me refiero a los marinos de verdad, aquellos que viven del mar. A los que no les quedan más cojones que embarcarse haga sol, llueva o granice, a no ser que el tiempo esté tan complicado que les sea imposible salir a la mar. Esos que pasan semanas enteras alejados de sus familias, dejando a menudo mujeres con paciencia infinita esperándoles en tierra, jugándose el tipo y dependiendo de la suerte para cobrar sus salarios. Una suerte mermada, por otro lado, con capturas cada vez más restringidas para barcos europeos en beneficio de los grandes cargueros japoneses que esquilman los mares en busca de sus preciados tesoros en forma de atún rojo u otro pescado al alza. Aunque eso es otro cantar. 

Desde tiempos inmemoriales los ha habido.  Tipos duros para un trabajo duro. Gente con agallas acostumbrada a no derrumbarse, con nervios de acero para realizar su trabajo en condiciones en las que muchos de nosotros probablemente meteríamos la cabeza bajo la tierra como un avestruz esperando que pasara el temporal  de turno.  Ancianos en dique seco mirando ya retirados, con una vieja caña en la mano y sentados sobre el noray de algún puerto,  al mar. Con una mezcla de añoranza de tiempos pasados y rabia, clamando al cielo y al infierno por las malas pasadas que le jugaron los mares y océanos ahora tranquilos. Por todos los compañeros que perdieron en ellos.

De vez en cuando los veréis salir en las noticias. Barcos hundidos. Hazañas de supervivientes. Viudas llorando desde la costa da Morte hasta el Cabo de Gata por sus maridos desaparecidos. Esperando al menos un cuerpo al que enterrar.

Muchos de ellos son esos ancianos de los puertos. Viejos pescadores, borrachos de tabernas o educados padres de familia.  Todos tienen algo en común: el mar.

A menudo, cuando los veo, me los imagino en sus trabajos. Celebrando grandes capturas, jugando a las cartas en su poco tiempo libre o fregando la cubierta de algún barco pesquero.  Me imagino a los marinos de las antiguas fragatas, goletas, galeras, bergantines y demás embarcaciones, arriando jarcia ante la venida de un temporal, trepando como monos al palo mayor bajo la lluvia y pasando más frío que las ratas en invierno  por unos salarios escasos e injustos para la labor que desempeñan.

Y todos ellos son héroes. Héroes del mar. Héroes para sus familiares que les ven marchar para no volver durante semanas. O meses. También para sus compañeros de trabajo, sabedores del riesgo que corren todos. Y en algunas ocasiones, más escasas, para nosotros. Los que no vivimos del mar. Los que, de vez en cuando, oímos la noticia de barcos hundidos donde algún marino con agallas y suerte ha salvado su vida y la del compañero. Hombres que arriesgan su vida diario para darle un buen futuro a su hijo, pagar hipotecas, mantener a sus familias y cuya única recompensa llegada la hora de retirarse, es una mísera jubilación.

Casi nada. Jugarse el tipo por cuatro duros. Y si palmas a veinte millas de la costa, esquela en las noticias, pensión a tu viuda y dos palmadas en la espalda a tus hijos. Si es que los tienes. Que alguien me diga si son héroes o no. Héroes del mar.

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