Entre cartones


De los recuerdos que guardo de mi niñez hay uno que guardo con cierto cariño. A modo de secuencia de imágenes, me vienen fragmentos sueltos, pequeñas imágenes de las que recuerdo la historia aunque no consiga en determinados momentos ubicar.
Recuerdo que debajo de la casa donde vivía, en la calle San Vicente, solía dormir un mendigo justo al lado de mi patio, concretamente en el hueco del garaje que daba cobijo a todos los coches de la finca. 

Me acuerdo perfectamente que controlaba su horario inconscientemente, impulsado por la curiosidad propia de un niño de mi edad –debía tener unos ocho ó nueve años–. Cuando yo me levantaba para ir al colegio y bajaba a la calle camino de la parada del autobús, el ya se había marchado pero cuando volvía por la tarde, casi de noche, ya estaba preparando otra vez lo que sería su hogar para esa noche. Podría ser ese lugar  u otro cualquiera, pero eligió ese hueco del garaje durante muchas noches, las suficientes para que ahora, a mis treinta años, siga acordándome de él.
La cuestión es que este hombre me llamaba la atención enormemente. Siempre que iba hacia el colegio lo miraba curioso, a veces demasiado y de una manera impertinente, invadiendo su espacio vital que era aquel hueco del garaje. Pero nunca se enfadaba, al contrario. Se giraba cuando no estaba despierto –casi siempre estaba ya en pie cuando yo bajaba a la calle– y me daba los buenos días a su manera, con una media sonrisa que conseguía arrancarme a mí la otra media que faltaba. 

Así estuvimos durante mucho tiempo, el con su hogar a cuestas y yo con el mío fijo, lanzándonos sonrisas todas las mañanas y deseándonos buenas noches –o eso pensaba yo– cuando regresaba a casa por las tardes. Su larga barba blanca y ese pelo alborotado, descuidado, ayudaban a darle un aire bonachón y divertido cosa que facilitaba más si cabía mi acercamiento a él. Fue, en la época que duró esa relación especial, un amigo. Sin hablarnos. Sin dirigirnos una sola palabra, si. Pero un amigo. 

Unas frías navidades –no recuerdo el año– mi amigo se fue. Así, sin más. Sin despedirse siquiera de mí. Bajé a la calle la basura como hacía muchos días y  no estaba allí. No volví a saber nada más de él jamás, pero la peculiar relación que tuvimos la recordaré siempre.

A menudo suelo ver gente durmiendo en las calles. En parques, en cajeros, en huecos de garajes o debajo de puentes. Todos los habremos visto. Refugiándose del frío y jugándose la vida casi a diario, expuestos a las mafias que controlan los puntos calientes donde es más rentable pedir dinero y soportando las bromas –a veces mortales– de hijos de papá con ganas de diversión o algo de riesgo que aprovechan el anonimato de la noche para hundir la vida de los demás e inconscientemente, las suyas propias.  Aguantan de manera estoica la humillación de tener que pedir dinero –incluso de rodillas– tendiendo que escuchar los hipócritas comentarios de la gente que pasa por su lado y recibiendo miradas inquisitorias de personas que parecen ofendidas ante el agravio de verse en tal situación tan poco decorosa.

Recuerdo un sábado paseando por la calle Colón de Valencia el comentario entre dos mujeres de unos cincuenta años ante un hombre que se encontraba tumbado en el suelo, entre cartones y sin más herencia que un viejo carro, unas sabanas mugrientas y un brick de vino como consuelo.
      –Si es para beber, no le pienso dar ni un duro –decía la más joven de las dos. La otra afirmaba con un gesto de aprobación el comentario de su amiga.
El hombre miró a las dos mujeres, agarró el brick de vino que tenía a su lado y sin decir ni pio, bebió un largo trago de vino y se volvió a tumbar con una pasmosa tranquilidad ante el careto de asombro de las dos señoras que, escandalizadas por semejante actitud, siguieron calle abajo cuchicheando la una a la otra sobre lo que acababa de acontecer. Antes de girarse de nuevo hacia la pared y seguir con su plácido sueño, el hombre me miró y me dirigió una sonrisa a medias. La misma que muchos años antes me dirigía aquel mendigo que vivía debajo de mi casa.
–Tiene guasa la cosa  –pensé.  Tener que aguantar en semejantes condiciones que vengan dos hurracas a molestarte y dejarte claro qué está bien y qué no se debe de hacer. A decirte que no hay que beber, que ellas no te ayudarán a beber. Uno está durmiendo en la calle, con un frío que hiela hasta a las ratas y con el único consuelo de unos cartones y un poco de vino y te dicen que no debes beber.


Ese día ese hombre les dio una lección de dignidad a esas dos mujeres. No rechazó su dinero. Rechazó su prepotencia, rechazó la hipocresía de una sociedad que no solamente se empeña una y otra vez en ocultar una realidad presente en cualquier ciudad, en cualquier país, sino que encima se permite el lujo de enseñar ética y educación  a aquellos a los que ha excluido, a aquellos a los que han perdido –o no han querido jugar– al maldito juego del materialismo atroz al que jugamos a diario.

Siempre que puedo y mi bolsillo me lo permite les ayudo con algo. Sinceramente me da igual en qué se gasten el dinero. Yo no seré el que se lo diga. No espero nada a cambio. Tampoco lo esperan ellos. Aun así, a veces me veo sorprendido con una pequeña muesca, una sonrisa a medias. Me acuerdo de mi amigo, aquél que tuve en mi infancia. Y yo les devuelvo la sonrisa y espero volver a verlos. Y siempre me marcho pensando en quién es más libre, si nosotros o ellos.


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Cruzar la calle


Suelo ir a comprar los viernes por la tarde o sábados por la mañana al mercado que tengo detrás de casa todo lo necesario para sobrevivir todas las semanas. Una de las primeras cosas que aprendí cuando dejé de vivir con mis padres fue que si a uno le gusta comer bien debe aprender a cocinar y eso pasa por dedicarle algunos minutos al carro de la compra todas las semanas. En mi caso esto lo hago con mi pareja, como miles de hogares en el mundo. 

Como es normal en los mercados, tienes de casi todo pero existe algún tipo de producto que no lo puedes encontrar por lo que es necesaria –casi obligatoria– la visita al supermercado de confianza más cercano. Permítanme que la palabra confianza la ponga en cursiva e incluso se me escape la risa. Supermercado de confianza. Tiene guasa la frase.

La cuestión es que el otro día voy al supermercado de turno  –me es indiferente la marca– a buscar diversos productos para el baño, lavavajillas y demás necesidades que un servidor tiene que cubrir y empiezo a pasearme cual robot  autómata  de fábrica envasadora por los pasillos de aquel templo de la comida. Un escándalo. Productos de todo tipo con descuentos irresistibles especialmente diseñados para satisfacer a sus queridos clientes. Para darles las gracias al salir y cantarles un bolero por las mañanas, como poco. Pero de repente, a medida que voy paseando pasillo por pasillo sin dejar un estante  libre de mi vista, esa sensación de júbilo inicial empieza a tornarse en un soberano mosqueo seguido del recordatorio de todos los muertos del dueño, hijos y familiares de tan considerado supermercado.
Decido que ya que estamos en el palacio de la comida, aprovecharemos para comprar algo de carne, verdura y pescado, poniéndole los cuernos a Paco el de la carnicería, Felipe el de la frutería y Lola la de la pescadería del mercado que hay en la acera de enfrente. Y de esta manera empiezo mi particular odisea.

Resulta que al llegar a la pescadería el género está todo preparado. Sepias limpias con un peso de unos 2 kilos, o congeladas, nada de sepias de playa sucias. Doradas de piscifactoría y calamares traídos del norte de marruecos. Todo muy fresco, niño –me dice la pescadera guiñándome un ojo y observando la cara de idiota que se me ha quedado al ver las opciones que tengo para  comer buen pescado. Le devuelvo el guiño dándole complicidad al asunto, compro diez gambones congelados y me voy cabizbajo a la verdulería aún con algo de esperanza, pensando que es una pena no haber podido comprar ingredientes frescos para el arroz de marisco que tengo pensado hacer el domingo.

Al llegar al apartado de verdulería resulta que miro el origen de la naranja –viviendo en Valencia no cuesta mucho imaginar cual sería el origen más lógico para esta fruta– y se me abre la barbilla como un caimán al leer asombrado que la naranja es procedente de Marruecos.  Esta sí que es buena. Tengo que comprar naranjas de Marruecos viviendo en Valencia.  Y encima me la tengo que poner yo en la bolsa y pesármela dándole a la tecla. En mi supermercado de confianza. Joder con la confianzapienso en mis adentros.
Resignado, doy por perdida la compra en la frutería y a marchas forzadas entro en el pasillo de la carne. Me queda un hilo de esperanza de poder comprar la carne que necesito para poder cenar esta noche ­–dos pechugas y cuatro o cinco chuletas, no necesito más–.  Ya me empieza a mosquear que por arte de magia ya no queda ni un solo carnicero en la sección de carnes. En lugar de un gran mostrador con terneros colgados y un hombre o mujer cortándome amablemente lo que necesito, me veo invadido de bandejas de todos los tipos y clases que mi querido supermercado de confianza ha decidido colocar en esa sección sustituyendo al carnicero de toda la vida. –Para que todo te sea más fácil reza el Slogan. Resulta que yo quiero comprar sólo 300gr de pechugas de pollo y 200gr de chuletas de cordero pero me veo obligado a comprar una bandeja de 600gr de pechugas o medio kilo de chuletas envasadas si quiero cenar ese día. Valientes sinvergüenzas. Se cargan puestos de trabajo eliminando a trabajadores cualificados, me obligan a comprar cantidades superiores a las que necesito para comer y además con unas calidades que distan mucho de las que puedo encontrar en cualquier mercado, carnicería, frutería o pescadería de barrio. Le pregunto a un trabajador que si no hay ninguna manera de comprar menor cantidad, pasado mañana me voy de viaje y no necesito más carne. Con una sonrisa me indica que no, las bandejas son lo único que hay o tengo la opción de comprar comida preparada. Le miro con cara de pocos amigos, giro levemente la cabeza hacia la comida preparada –de la que otro día hablaré– y decido que si ahora mismo no salgo de allí mi supermercado de confianza me demandará por alteración del orden público.

 Voy a por mi novia que husmea ajena a todo los geles de baño en la sección de perfumería, pago rápidamente mi bolsa con diez gambones congelados y cruzo rápidamente la acera en busca del trato amable de Paco, Felipe y Lola, los cuales me reciben con una sonrisa que me hace poner los pies en el suelo de nuevo, relajarme y comprar tranquilamente  la carne, fruta y pescado que necesito para ese día.  Cuánto valéis –pienso mentalmente– mientras camino hacia casa con una sonrisa en la boca que contagia a mi novia y le hace sonreír también.

Mi supermercado de confianza se llevará de mí lo justo, las cosas imprescindibles que no pueda comprar en otro lugar. Ni un euro más.
Aún viviendo en una sociedad que cada vez nos obliga a consumir de una manera más rápida, a disponer de menos tiempo para comer adecuadamente y cuyo ritmo de vida nos empuja a acabar consumiendo inevitablemente comida basura preparada con cantidades ingentes de colesterol –luego nos reiremos de los Americanos–, yo intentaré en la medida de mis posibilidades y siempre que el tiempo me lo permita, cruzar la calle e ir a comprar al mercado de detrás de mi casa, a los puestos de toda la vida de Paco, Felipe o Lola. Ellos sí se lo han ganado,  no mi supermercado de confianza.


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